La energía primaria es la energía que encontramos
en la naturaleza, y puede ser de origen fósil (carbón,
aceite, gas), renovable (biomasa, eólica, solar, hidráulica,
geotérmica) o nuclear. La energía primaria debe
ser procesada de manera que quede lista para el consumo. Así,
es transportada, refinada en un combustible utilizable o convertida
en electricidad. En estos procesos, por lo general se pierde
alrededor de un 35% de la energía original; de este
modo, de toda la energía primaria explotada, solamente
un 65% está disponible para ser usada.
En la actualidad, un 80% de la energía primaria utilizada
en el mundo es de origen fósil inflamable. A pesar
del elevado nivel de inversión en otras fuentes de
energía realizada por los países del primer
mundo, ésta participación debería elevarse
a un 90% en 30 años más, gracias a la creciente
industrialización experimentada por los países
en vías de desarrollo.
Los combustibles fósiles clásicos son el carbón,
el petróleo y el gas natural. Una de las mayores preocupaciones,
discutida en la mayor parte del siglo veinte, es qué
pasará cuando se agoten estos combustibles. Sin embargo,
esto no ocurrirá en un futuro próximo, ya que
las reservas globales energéticas aún son suficientes
para algunos centenares de años de consumo.
Otro tema de interés relacionado con los combustibles
fósiles son el medio ambiente y los aspectos geopolíticos.
La quema de los combustibles fósiles contribuye al
cambio climático y las grandes reservas de combustibles
fósiles se encuentran en regiones políticamente
inestables. La energía nuclear es la más importante
de las otras fuentes de energías primarias, seguida
por la biomasa, hidráulica, eólica y solar,
entre otras renovables.
La electricidad representa entre un 15% y un 20% de la energía
usada, pero constituye aproximadamente entre un 40% y un 45%
de la energía primaria consumida. Esta diferencia se
debe a la eficiencia de conversión de la energía
primaria en electricidad. Cuando se habla de mejorar la eficiencia
energética de los productos eléctricos, no hay
una mejor solución que la utilización de cobre.
La electricidad fluyendo a través de dos hilos de cobre
encuentra menos resistencia que en hilos de aluminio o acero
del mismo diámetro. De hecho, el cobre es el mejor
conductor eléctrico dentro de los metales, a excepción
de la plata, pero el cobre es más eficiente por la
relación costo-beneficio.
La sustitución de equipamientos de alto consumo por
unos eficientes, como motores, transformadores, electrodomésticos
u otros, requiere de una inversión adicional bien modesta.
Esta inversión es autofinanciable por la reducción
en la cuenta de energía, lo que puede observarse, usualmente,
en un corto período de tiempo.
Las acciones para promover la conservación y uso racional
de la energía pueden ser directas o indirectas, dependiendo
de colaboración de la población y de su conciencia
acerca de que se puede lograr una mejora en la eficiencia
energética sin perder el confort.
La principal causa del desperdicio de energía es su
uso irracional, ocasionado como consecuencia de malos hábitos
y acciones, o por la ineficiencia de procesos, instalaciones
y equipamientos.
Se podría economizar mucha energía si termináramos
con costumbres como la de dejar la luz encendida o mantener
equipos electrónicos enchufados sin necesidad de hacerlo.
Si se analizan las instalaciones eléctricas, se podrá
observar el daño que se puede causar por arreglos mal
hechos, el uso de materiales de baja calidad (como hilos de
segunda categoría), la sobrecarga de circuitos o una
mala dimensión de transformadores y motores.
Por lo tanto, combatir el desperdicio es una forma virtual
de producción de energía eléctrica. La
energía no desperdiciada puede ser utilizada de forma
más útil, atendiendo altos consumos y reduciendo
riesgos de desligamentos. Esta es la fuente de producción
más barata y más limpia que existe, y no daña
el medio ambiente.